Una de las muchas cosas que me asombraban de las recetas de mi madre y de mi abuela -en aquella cocina matriarcal la presencia de los hombres era meramente testimonial- era su imprecisión. No solo porque las cantidades no se medían en gramos,  en puñados, chorritos o pizcas, sino también porque, al parecer, los alimentos hablaban y se esperaba de ti que les entendieras. ¿Cuánta leche a la bechamel? La que te vaya pidiendo.

Esa ambigüedad no se limitaba solo a las cantidades: también los tiempos eran de una vaguedad pasmosa, y más aún la temperatura. No fue difícil descifrar el fuego fuerte o flojo, ni aprender aquello de ‘cuando esté a punto de hervir’, pero sí aceptar que también el asado te hablara y te dijera que ya estaba en su punto, o que el bizcocho, al romperse, te estuviera indicando una buena cochura.

Sé que somos muchos los que hemos ido adquiriendo ojo, olfato, oído y sensibilidad para interpretar las recetas y entender ese lenguaje de los alimentos mientras se cocinan. Pero eso no significa que no reconozcamos las virtudes de determinados utensilios que no solo nos hacen la vida más fácil, sino que dotan a nuestras recetas de precisión y exactitud.

Aunque la imprecisión  era una característica de la cocina de nuestras abuelas, hay que reconocer a esos determinados utensilios que nos hacen la vida un poco más fácil, con recetas llenas de precisión y exactitud.

Es el caso de los termómetros de cocina, imprescindibles para mí siempre que se trata de hacer una carne al horno (desde un pollo a un rosbif, desde un redondo a un solomillo Wellington) o de ponernos el delantal de repostero. En el caso de las carnes, nos servirá para medir la temperatura del interior de la pieza, y así podremos lograr ese punto rosado que le garantiza jugosidad y terneza. En el caso de la repostería, ya sabéis que es una ciencia exacta y, del mismo modo que necesitamos ir al gramo con las cantidades, también en los grados conviene ser absolutamente fiel a la receta. Y no siempre tenemos la certeza de a qué temperatura se pone nuestro horno.

Pero hay muchos más usos: una vez que empiezas a utilizarlo le vas encontrando más utilidades, como controlar el calor del caramelo, la papilla del bebé, el aceite, el vino, la nata montada… e incluso la barbacoa.

                            

Antiguamente solo disponíamos de modelos con pincho para ver el punto interno de la carne o de los bizcochos. Pero ahora contamos con más opciones. A mí me gustan los que tienen sonda -para poder dejarla dentro del horno o en el interior del alimento-, y que dispongan también de temporizador. Pulsas la temperatura que deseas, pones la alarma y te olvidas.

Seguro que a mi abuela también le habría encantado.

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